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jueves, 26 de enero de 2012

Él se llama Ángel Gutierrez

En octubre de 1937 un carguero rescató a Ángel Gutiérrez de las garras de la Guerra Civil española. Ese día en el puerto de Gijón ya hacía fresco, pero aquel niño que había nacido en el pueblo asturiano de Pintueles no podía ni imaginar que su destino sería Leningrado, una ciudad mucho más fría, que después sería bombardeada. Tampoco que la Unión Soviética se convertiría en su país durante 37 años, que acabaría siendo uno de los grandes maestros de teatro en Moscú y que en 1974 regresaría a España para fundar el Teatro de Cámara Chéjov en 1980, una de las escuelas en la que más actores se han formado en los últimos 30 años, Carmelo Gómez e Imanol Arias, entre ellos.

Ángel Gutiérrez, catedrático emérito de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), recibió el pasado jueves un homenaje de su tierra, Asturias, por toda su trayectoria. Después habló con este periódico en su hogar teatral, ese Teatro de Cámara incansable que ahora tiene en cartel Noches blancas, de su adorado Dostoievski.

"Los autores rusos, como decía Machado, son los únicos que buscan lo espiritual de la vida y lo infinito del hombre", cuenta, mientras le chisporrotean sus pequeños ojos verdes. Gutiérrez se emociona con Chéjov, Tolstoi y Turgueniev. Por supuesto, no olvida a Konstantin Stanislavski, el famoso autor del Método.

Gutiérrez se trajo la técnica del gran profesor ruso a España en los setenta. Pero no aquella que aboga por asumir la memoria emocional del personaje. "Stanislavski renegó de eso porque creía que era un error. El método es la técnica del dominio de uno mismo, del cuerpo, porque el actor es lo único que tiene", explica, a la vez que incide en que las dos herramientas básicas para todo intérprete son el talento y la dedicación: "El teatro es una religión. Hay que trabajar ocho horas diarias, porque si no, por mucho talento que tengas, este no aflorará".

Cuando Gutiérrez regresó a España se encontró con un solar en el mundo de la formación del actor. Con cierta amargura cree que hoy todavía falta una verdadera escuela teatral. "España nunca se preocupó por tener maestros de teatro. El problema es que en este país no se ama la palabra, no se ama el idioma, su verso", sostiene el profesor de Marta Belaustegui y María Muñoz.

También le apena la actitud de los dramaturgos españoles contemporáneos. Según él, "escriben para ganar dinero en series absurdas y grotescas. Están sembrando el mal gusto". De ahí que le preocupe que muchos de sus alumnos vayan a parar a las series televisivas. "Aunque lo entiendo. Tienen que comer. En Moscú existen hasta mil teatros institucionales. Aquí la situación es vergonzosa. Ni siquiera cambió con la democracia", critica.

Su pequeña sala, situada en el barrio madrileño de Lavapiés, está también pasando por serios apuros económicos. El Ayuntamiento ya le ha dicho que quizás se quede sin los 20.000 euros anuales de subvención. "Es una tragedia. Y esta es la verdadera censura. No tener dinero para montar un Pirandello", afirma Gutiérrez.

¡SE ABRE UNA CUENTA DE APOYO AL TEATRO DE CÁMARA CHÉJOV! DESDE AQUÍ EL TEATRO DE CÁMARA CHÉJOV AGRADECE ENORMEMENTE POR TODAS LAS APORTACIONES BENÉFICAS PARA SEGUIR REGALANDO A LA HUMANIDAD LO MAS HERMOSO QUE TIENE EL ARTE AUTÉNTICO.

0030-1426-56-0002232271 (BANESTO)Teatro de Cámara Chéjov, Madrid

sábado, 30 de abril de 2011

Diferencia entre Chérnobyl y Fukushima


Este 26 de abril la catástrofe nuclear de Chernóbyl, Ucrania, cumplió un cuarto de siglo; la de Fukushima -1, Japón, su primer mes y medio. Ambas emergencias alcanzaron el nivel 7 en la Escala Internacional de Eventos Nucleares y Radiológicos (INES, por sus siglas en inglés), el máximo posible. Estos dos desastres nucleares son los únicos en toda la historia de la humanidad en alcanzar este nivel máximo de gravedad.

Comparando estos eventos nucleares, expertos suelen calificar al de Chernóbyl como el más grave en lo referente a la intensidad de la explosión y la composición de la fuga radioactiva. El de Fukushima, en contraste, se considera más peligroso desde el punto de vista de las consecuencias a largo plazo.

DISEÑO

Las centrales de Chernóbyl y Fukushima-1 son prácticamente coetáneas. El primer reactor de Fukushima-1 empezó a funcionar en 1971, el sexto y el último lo hicieron en 1979. El primer bloque de Chernóbyl, por su parte, comenzó a generar energía en 1978. El reactor número cuatro, el averiado, comenzó a funcionar en 1984.

La diferencia principal entre ambas centrales radica en el diseño de sus reactores. La URSS instaló en su central los RBMK de producción propia, de grafito. Japón optó por los BWR, reactores de agua en ebullición, diseñados por General Electric. Los reactores de agua ligera de este tipo se consideran como unos de los más seguros en el mundo y antes del 12 de marzo de 2011 jamás fueron causa de un evento nuclear importante. Además, la central nipona —en comparación con la planta de Chernóbyl— tiene un nivel de protección adicional: no solo las varillas del combustible y el edificio del reactor tienen una cubierta protectora hermética, sino que también la tiene la sala de reactores.

Antes de accidentarse, el reactor número 4 de Chernóbyl logró funcionar dos años y un mes. Hoy en día se considera que la causa principal de la catástrofe de 1986 no fueron los errores del personal, sino fallos fatales de diseño en los reactores de este tipo.

Los reactores de Fukushima-1 han sido explotados durante 40 años.

QUÉ PASÓ

Chernóbyl

El tipo de reactor —de grafito— y su diseño marcaron la escala de la catástrofe.

A las 1:23:04 (hora local) de la noche del 26 de abril, especialistas de la central comenzaron las pruebas del sistema de emergencia de abastecimiento de electricidad en el bloque número 4. Tras unos segundos sonó la señal de alerta. El intento de desactivar el reactor falló debido a que las varillas de absorción tenían un diseño ineficaz. A pesar de que antes de iniciar el experimento los ingenieros siguieron todos los pasos establecidos por el protocolo, el reactor siguió funcionando en un régimen de actividad máxima. El sobrecalentamiento y evaporación de las varillas de grafito causó un incendio en el reactor y se produjeron varias explosiones.

Uno de los estallidos más potentes tuvo lugar en el centro de la zona activa del reactor: un 10% o, según algunas estimaciones, un 30% de su contenido (combustible, grafito y distintos isótopos radioactivos acumulados durante el funcionamiento del reactor) salió a la atmósfera hasta alcanzar una altura de algunas decenas de metros.

Tras 46 segundos de empezarse el experimento, a las 1:23:50, el reactor fue totalmente destruido.

Tuvo lugar una reacción nuclear en cadena: a pesar de ser destruido, el reactor no se apagó sino que siguió emitiendo volúmenes enormes de calor. Al "chocar" con el aire, el grafito se enciende, lo que causó otro gran incendio. Como resultado, penetró en la atmósfera la ceniza radioactiva del grafito.

Fukushima-1

El desastre nuclear fue causado por un desastre natural. Un tsunami acabó con el abastecimiento de electricidad en los generadores diésel adicionales afectando al sistema de enfriamiento de los reactores. En consecuencia, las varillas del combustible empezaron a sobrecalentarse y fundirse. Por debajo de la capa protectora de los reactores empezó a acumularse vapor que intentaba abrirse paso hacia el exterior.

El estado de alerta en la central fue declarado el 11 de marzo y los reactores fueron apagados de inmediato. La primera explosión tuvo lugar al día siguiente.

Tanto esta primera, como las posteriores explosiones, fueron mucho más débiles que las de Chernóbyl: no dañaron la capa protectora, afectaron "solo" las paredes del reactor. Tampoco hubo una salida masiva de sustancias radioactivas hacia la atmósfera.

Los reactores de agua en ebullición no contienen materiales inflamables en la zona activa: incluso en caso de que el cuerpo del reactor fuera destruido por completo no habrá un incendio dentro de la zona activa.

Un reactor de agua ligera no es capaz de mantener una reacción nuclear en cadena sin agua. Además, tampoco sucede una reacción si al agua se le añade ácido bórico: el boro es un absorbente muy eficaz de neutrones

martes, 26 de abril de 2011

Chérnobyl, 25 años después.


“Hoy cumplo 25 años. Hace 25 años, en la ciudad donde nací ocurrió una catástrofe que cambió el mundo. Fue un accidente en una central nuclear que debía dar electricidad a mis familiares, a mi ciudad, a mi país. La peor catástrofe de la historia de la humanidad. Perdí mi casa, que en realidad nunca fue mía. Perdí mi patria. Desde que hago uso de la razón vivo a la sombra de Chernóbyl. Ya estoy acostumbrado. Casi lo olvidé. Pero hoy me desperté y me di cuenta de que había llegado la hora de responder a la pregunta ¿Cómo hay que vivir para que no queden después de ti ciudades muertas?”.

Iván Serguienko nació en la ciudad de Chernóbyl, ciudad en la que jamás pudo vivir. El 26 de abril de 1986 la vida de los habitantes de esa urbe se dividió en un antes y un después. La potente explosión que ocurrió en la central nuclear liberó enormes cantidades de material radiactivo, arrojando a la atmósfera 50 millones de curios de radiación equivalentes a 500 bombas de Hiroshima. Ante la gravedad de los acontecimientos, más de 100.000 personas tuvieron que ser evacuadas de la zona. No les permitieron llevarse sus cosas personales ni a sus mascotas. Tenían solo unas horas para agarrar lo fundamental y abandonar la ciudad a la cual no volverían nunca más. Tras 25 años de la tragedia el recuerdo sigue vivo. RT les presenta algunos testimonios de los habitantes de esa ciudad fantasma.

Alexéi Démchenko, uno de los empleados de la central nuclear de Chernóbyl


“La explosión ocurrió en la noche del 25 al 26 de abril. Yo me fui a trabajar, me desempeñé como operador en el segundo bloque de energía. De repente se apagó la luz, se prendió la iluminación de emergencia. Sentimos olor a quemado, un gusto de metal en la boca. Por el altoparlante se anunció que nos pusiéramos las mascarillas. No sabíamos que había sucedido. En una hora llegó el jefe del taller y un ingeniero. Nos dijeron que había ocurrido algo terrible. Tres de los operadores fueron enviados a las labores de rescate, a salvar gente. Nosotros nos quedamos. Cuando volvieron nuestros colegas empezaron a vomitar y ahí nos dimos cuenta de que les quedaba poco. En ese día muchos perdieron la vida. De nuestro turno no quedó nadie, solo yo. No hubo pánico en la estación, pero nos sentimos como perdidos… Los bomberos hacían su trabajo, pero luego resultó que no se podía echar agua directamente al reactor. Es que el agua absorbe los neutrones y aumenta la reacción nuclear. No me puedo olvidar de aquellos que dieron sus vidas por salvar a la gente. Sasha Dóbnikov, piloto de helicóptero, junto con su equipo, estuvo justo en la zona del reactor ardiente, tratando de apagar el incendio con arena y caucho líquido. El helicóptero se calentaba hasta 70 grados y todos ellos recibieron dosis mortales. Sasha inventó los denominados 'calzoncillos de plomo'. Se envolvían en plomo para disminuir el efecto de la radiación. En el hospital no se le podía mirar a Sasha sin lágrimas: un hombre hermoso se moría ante tus ojos, la carne se separaba de sus huesos…”

Nadezhda Démchenko, habitante de Chernóbyl

“Esa noche estaba volviendo a casa desde la fábrica en la que trabajaba. Nos sentamos con una amiga en un banco y de repente vimos un rayo en el cielo. Me fui a casa, empezó a sonar el teléfono. Me llamó una conocida mía para decir que había visto llamas cerca de la estación. Y allí trabajaba mi marido. Llamé a la estación y él me dijo que no sabía nada, pero me aconsejó que cerrara las ventanas. A la mañana siguiente nuestros hijos fueron a la escuela pero volvieron en una hora. Les dieron pastillas de yodo y los mandaron a casa. Al otro día se declaró la evacuación. Nadie sabía adónde nos llevaban. Vimos camiones de ambulancia en las carreteras. Fue terrible. A duras penas llegué hasta Kiev, fui con los dos hijos al aeropuerto para conseguir pasajes y sacarlos de la zona. Las colas eran interminables. Estuve esperando mi turno unas 24 horas… y no conseguí nada. No había pasajes. Cuatro meses después de la tragedia volví a Chernóbyl para buscar los documentos que habíamos dejado allí. Me recibió un silencio mortal. Las casas estaban vacías, las calles cubiertas de musgo, la ropa que había estado colgada desde aquel día se puso toda negra de polvo. Cuando entré al edificio en el que habíamos vivido vi la puerta del departamento de los vecinos… estaba toda arañada por las garras de un animal. Los vecinos tenían un perro. Se ve que el pobre pedía que le dejaran entrar, pero los dueños se fueron y lo dejaron allí… a morir. Si me hubieran escuchado en aquel momento. Estuve histérica. Así se llora solo cuando se muere alguien”.

Alexánder Aidin, uno de los "liquidadores" de la catástrofe

“Dos días después del accidente, cuando en la ciudad aún se podía encontrar a uno que otro habitante, Chernóbyl parecía una urbe común y corriente, tranquila, verde y acogedora. Pero ya el 8 de mayo el silencio y la tranquilidad se tornaron espantosos. La ciudad se murió. Esa impresión se reforzaba con la llegada de la noche. Nos encontrábamos en un mundo fantástico, cuyos habitantes habían sido llevados por una fuerza desconocida. Las casas permanecían cerradas… ni una luz se veía. Los únicos inquilinos de esa ciudad eran las múltiples mascotas: perros, gatos, liebres, que miraban con curiosidad o con esperanza a los pocos transeúntes… a ver si alguno de ellos era su dueño. Los perros ya casi no aullaban. Algunos estaban atados, parece que los dueños esperaban regresar pronto. Descarnados, con los ojos llenos de lágrimas, sólo podían gruñir. El 10 de mayo los equipos de rescate especiales mataron a todos los perros y gatos y los sepultaron en las afueras de la ciudad para evitar una posible propagación de enfermedades”.

Nadezhda Udovenko, ayudó a evacuar a los habitantes

“Trabajé como portera en un albergue. El sábado se celebró un casamiento allí y a la mañana del domingo regresó de la estación el marido de una colega y nos contó sobre el accidente. Nos pusimos las fundas en las cabezas y empezamos a ayudar a la gente a entrar en los colectivos que habían llegado para evacuarnos. En la ciudad estaba pasando algo increíble: la gente tiraba sus cosas de las ventanas, todo estaba cubierto de vidrios rotos, pedazos de muebles, papeles. En un momento perdimos todo. Algunos incluso perdieron a sus seres queridos. Me acuerdo que al salir de mi departamento no sabía qué cosas llevar. Entonces metí en mi bolso lo primero que vi: tizas de colores. En aquel momento pensé que no podría salir sin ellos. Y mi vecino llenó su mochila de camisas de nailon, pasadas de moda hacía mucho tiempo”.

Veinte y cinco años después de la catástrofe la ciudad permanece en silencio. Pero los ciudadanos siguen recordando su hogar. Se reúnen en un sitio web dedicado a la ciudad. Allí suben fotos de épocas anteriores al desastre e imágenes más recientes, escriben sus memorias, comparten sus recuerdos. Y se aseguran a sí mismos: “La ciudad no cambió. Sigue siendo la misma, iluminada por el sol primaveral; la de antes. Pero se está arruinando siguiendo sus propias leyes. No es muerte: Chernóbyl está pasando de un período de su vida a otro, el que la lleva a la inmortalidad”.